Amanecí sin nervios. Con las cosas claras. Era nuestra primera cita pero en mi corazón no era quedar con una chica, era quedar con ella. Encargué 12 rosas, una por cada mes del año. Respiré y traté de imaginar cómo ocurriría todo. Desistí. No tenía la menor idea. Pero quería que ocurriese.
Perdido.
Salí con mucho tiempo. Muchísimo. Y me perdí. Sí, no cogí a tiempo el desvío de la M-45 hacia la A-42 y acabé dando cien vueltas. No vino mal; me hizo descubrir que el navegador de Mercedes no es demasiado fiable. Pero finalmente, llegué. Y entonces apareció ella en su puerta. Fue un momento que pienso atesorar en mi corazón hasta el fin de mis días. Con un vestido verde y una sonrisa que, desde entonces acompaña mis días. No lo dudé, tenía que besarla. Y lo hice. El primero de los millones que estarían por venir.
Traté de quemar mis nervios hablando; eso lo aprendí en mi adolescencia y sigue funcionando. El corazón latía al ritmo de sus risas. Conduje hasta Madrid y cenamos en un restaurante japonés de la calle Guareña donde la complicidad se hacía patente.
Un parque, una pregunta y la eternidad como horizonte.
Me pidió ir a pasear a algún parque y así lo hicimos. Y allí, en un banco que ya forma parte del mobiliario emocional de mi alma, formulé la pregunta que llevaba larvada en mi interior. ¿Te gustaría ser mi novia? Mi Laura asintió. Y entonces todo cambió. Es como si el guion de esta historia de amor hubiera girado a otro nivel. Los besos comenzaron a subir de intensidad, los abrazos acercaban cuerpo y alma, nuestras pieles iniciaron el acercamiento que ambos deseábamos. Y terminamos amándonos a pesar de nuestras propias ideas preconcebidas.
Comenzaba la historia soñada toda una vida…

